1929-1932: Capítulo 4. El zar y la zarina, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 69-77.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de mayo de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
Nada más lejos de nuestros propósitos que hacer
finalidad primordial de este libro estas investigaciones sicológicas
que ahora tanto privan y con las que no pocas veces se pretende
suplir las grandes fuerzas motrices de la Historia que tienen
un carácter superpersonal. Una de ellas es la monarquía.
Pero no hay que olvidar que estas fuerzas actúan a través
de individuos. Además, la monarquía hállase
consustanciada por esencia con el principio personal. Esto justifica,
ya de suyo, el interés que despierta la personalidad de
un monarca a quien el curso de los acontecimientos lleva a enfrentarse
con la revolución. Confiamos -además- que nuestro
estudio pondrá de relieve, en parte al menos, dónde
termina en la personalidad lo personal -por lo general, mucho
antes de lo que a primera vista parece- y cómo muchas veces
las «características singulares» de una persona
no son más que el rasguño que dejan en ella las
leyes objetivas.
A Nicolás II le dejaron los antepasado, no sólo
un poderoso imperio, sino también la revolución.
No le adornaron con una sola cualidad que le capacitase para gobernar
no ya un imperio, sino ni siquiera una provincia ni un mal municipio.
A aquella marejada histórica que empujaba sus olas poco
a poco hasta las puertas de su palacio, oponía el último
Romano una sorda impasibilidad: tal parecía como si su
conciencia y la época en que vivía se alzara un
velo transparente y, sin embargo, absolutamente impenetrable.
Las personas que tenían ocasión de tratar de cerca
al monarca recordaron más de una vez, después de
la revolución, que en los momentos más trágicos
de su reinado, al sobrevenir la rendición de Puerto Arturo
y la pérdida de la escuadra en Zusima, como diez años
después, durante la retirada de las tropas rusas en Galicia,
y dos años más tarde, en los días que precedieron
a la abdicación, cuando todos los que rodeaban al zar estaban
abatidos, abrumados y estremecidos, sólo él daba
muestras de sangre fría. Se informaba, como de costumbre,
del número de verstas recorridas en sus viajes a lo largo
de Rusia; recordaba episodios de sus cacerías y anécdotas
sacadas de las entrevistas oficiales y, mientras retumbaba el
trueno y ya centelleaba el rayo sobre su cabeza, aquel hombre
seguía interesándose por las barreduras de su vida
cotidiana. «¿Qué es esto? -se preguntaba uno
de los generales de su intimidad- ¿Una entereza inmensa,
casi inverosímil, conseguida a fuerza de disciplina? ¿Fe
en la determinación divina de los acontecimientos? ¿O,
simplemente, falta de discernimiento?» Ya el solo hecho de
preguntarlo, lleva implícita, a medias, la respuesta. Aquella
proverbial «buena educación» del zar, la fuerza
con que sabía mostrarse dueño de sí mismo
aun bajo las circunstancias más difíciles, no puede
explicarse, en modo alguno, por obra exclusivamente de un amaestramiento
en el modo de conducirse, sino que tenía que radicar en
su carácter indiferente, en la indigencia de sus fuerzas
anímicas, en la pobreza de sus impulsos volitivos. Esa
máscara de indiferencia que en ciertos medios llaman «educación»
se fundía en Nicolás II con su rostro natural.
El diario del zar vale por todos los testimonios; día tras
día, año tras año, van registrándose
en estas páginas notas más anonadadoras de su vacuidad
espiritual. «He paseado un largo trecho y matado dos cuervos.
He tomado té al oscurecer.» Paseo a pie, paseo en
lancha. Más cuervos y más té. Todo lindando
con la pura fisiología. Y cuando habla de ceremonias religiosas,
lo hace en el mismo tono que cuando registra un festín.
Por los días que preceden a la apertura de la Duma nacional,
cuando todo el país se siente estremecido por convulsiones,
Nicolás II escribe: «14 de abril. Me he paseado con
camisa-blusa ligera y he reanudado los paseos en lancha. He tomado
el té en la terraza. Siana ha comido y paseado con nosotros.
He leído.» Ni una palabra acerca de lo que leyó:
lo mismo podía ser una novela inglesa que un informe del
Departamento de policía. «15 de abril. Le he aceptado
la dimisión a Witte. Han comido con nosotros Mary y Dimitri.
Los hemos (1) acompañado al palacio.»
El día en que se decretó la disolución de
la Duma cuando lo mismo los altos dignatarios oficiales que los
liberales estaban pasando por un paroxismo de pánico, el
zar escribía en su diario: «7 de julio, viernes. He
estado muy ocupado toda la mañana. Llegamos con media hora
de retraso al almuerzo con los oficiales... Había tormenta
y el aire era sofocante. Paseamos juntos. He recibido a Goremikin
y, ¡y firmado el ukase disolviendo la Duma! Hemos comido
con Olga y Petia. Por la tarde, lectura.» Toda su emoción
ante la disolución inminente de la Duma queda expresada,
y gracias, con un signo de admiración.
Los diputados de la Duma disuelta hicieron un llamamiento al pueblo
para que no pagase los impuestos y se negara a hacer el servicio
militar. Estallaron una serie de sublevaciones militares: en Sveaborg,
en Kronstadt, en varios buques de guerra, en diferentes regimientos;
reanudóse en proporciones jamás conocidas el terrorismo
revolucionario contra las altas autoridades. El zar escribe en
su diario: «9 de julio, domingo. ¡Ya está hecho!
Hoy ha quedado disuelta la Duma. Durante el almuerzo, después
de la misa, veíanse muchas caras largas... El tiempo era
magnífico. durante el paseo nos encontramos al viejo Micha,
que llegó ayer de Gachina. Antes de comer, y durante toda
la tarde, me dediqué a leer tranquilamente. Un paseo en
canoa...» Nos dice que se paseó y precisamente en
canoa; en cambio, no siente la necesidad de concretar lo que leyó.
Y así, una vez y otra, y otra.
Seguimos copiando de las hojas de aquellos días preñados
de incertidumbre: «14 de julio. Después de vestirme,
me fui en bicicleta al balneario y me bañé con deleite
en el mar.» «15 de julio. Me he bañado dos veces.
Hacía mucho calor. He comido sólo con mi mujer.
La tormenta ha pasado.» «19 de julio. Me he bañado
por la mañana. He recibido visitas en la granja. El tío
Vladimir y Chagin almorzó con nosotros.» Las sublevaciones,
los atentados terroristas sólo le sugieren una ligerísima
consideración: «¡bonitas cosas!», que asombra
por su baja impasibilidad, y rayana en el cinismo si fuese inconsciente.
«A las nueve y media de la mañana nos trasladamos
al regimiento del Caspio... He paseado durante largo rato. El
tiempo era espléndido. Me he bañado en el mar. Después
del té, recibí a Lvov y Gruchkov.» Y no dice
ni una palabra de que aquella entrevista tan desusada de los dos
liberales se relacionaba con los planes de Stolipin para atraer
a su gabinete a los políticos de la oposición. El
príncipe Lvov, futuro presidente del gobierno provisional,
dijo refiriéndose a esta visita: «Cuando esperaba
ver al monarca abatido por el infortunio, ¡cuál no
sería mi sorpresa al encontrarme con que salía a
mi encuentro un hombrecillo alegre y desahogado con una blusa
de color frambuesa!»
El horizonte mental del zar no llegaba más allá
que el de un modesto funcionario de policía, con la diferencia
de que éste, pese a todo, conocía mejor la realidad
y no vivía atosigado por la superstición. El único
periódico que durante muchos años leyó Nicolás
II y del que nutría sus ideas era un semanario editado
con fondos oficiales por el príncipe Mecherski, hombre
ruin y venal a quien despreciaban hasta en la misma pandilla de
burócratas reaccionarios a que pertenecía. Por delante
del zar cruzaron dos guerras y dos revoluciones, sin que estos
acontecimientos dejasen la menor huella en su horizonte mental:
entre su conciencia y los acontecimientos se alzaba constantemente
el velo impenetrable de la indiferencia.
De Nicolás II se decía, no sin razón, que
era un fatalista. Conviene, sin embargo, advertir que este fatalismo
era todo lo contrario a la fe activa en su «estrella»;
Nicolás II se tenía por un hombre de mala suerte.
Su fatalismo no era más que una manera de defenderse pasivamente
del proceso histórico y se daba la mano con un despotismo
mezquino en sus motivos sicológicos, pero monstruos en
sus consecuencias.
«Lo quiero yo, y así tiene que ser.» «Esta
divisa -escribe el conde Witte- se manifestaba en todos los actos
de aquel gobernante débil de voluntad, a quien su debilidad
llevó a todo lo que caracteriza su reinado: un derramamiento
constante y, en la mayor parte de los casos, absolutamente innecesario
de sangre, más o menos inocente...»
Alguna vez se ha comparado a Nicolás II con el zar Pablo,
aquel antepasado suyo medio loco, estrangulado por la camarilla,
de acuerdo con su propio hijo, Alejandro «el bendito».
Y no deja de haber, en efecto, entre estos dos Romanov cierta
afinidad: la de su desconfianza hacia todo el mundo, nacida de
la falta de confianza en sí propios; la suspicacia de la
nulidad omnipotente; el sentimiento del que se cree despreciado
por todos, casi podría uno decir que su conciencia de parias
coronados. Pero el zar Pablo era incomparablemente más
pintoresco. En su locura había un elemento de imaginación,
aunque fuera irresponsable. En su descendiente todo es gris, sin
un solo destello.
Nicolás II no sólo inconstante, sino que también
era perjuro. Sus aduladores le llamaban charmeur, un hombre
encantador, por la dulzura con que trataba a los palaciegos. Pero
es el caso que el zar se mostraba especialmente amable con aquellos
dignatarios a quienes había decidido despachar: cuando
el ministro, encantado y fuera de sí por la amabilidad
con que el zar le había recibido volvía a casa,
se encontraba muchas veces con una carta notificándole
la destitución. Era una especie de jugada con que el monarca
quería vengarse, sin duda, de su insignificancia.
Nicolás II no podía ver a ningún hombre de
talento. No se sentía a gusto más que entre las
nulidades y los deficientes mentales, junto a los santurrones
y personas endebles a quienes él pudiese mirar de arriba
abajo. Tenía su orgullo, pero no era un orgullo activo
y refinado, sino indolente, sin un átomo de iniciativa
propia, y cuyo móvil era un sentimiento de envidia puesto
siempre en guardia. Elegía a sus ministros ateniéndose
al principio de dejarse resbalar cada vez más bajo. A los
hombres de talento y de carácter sólo acudía
en los caso extremos, cuando no tenía más remedio,
como se hace con el cirujano, que sólo se le llama cuando
se trata de salvar la vida. Así sucedía primero
con Witte y luego con Stolipin. El zar los trataba a ambos con
hostilidad mal disimulada. Y, apenas vencía el foco agudo
de la situación, se apresuraba a desembarazarse de unos
consejeros que estaban demasiado por encima de él. Y tan
sistemática y radical era esta selección al revés,
que el presidente de la última Duma, Rodzianko, se atrevió
a decir al zar, el y de enero de 1917, cuando la revolución
llamaba ya a las puertas: «Señor, a vuestro alrededor
no ha quedado un solo hombre honrado ni digno de confianza: los
mejores han sido alejados o se han ido, quedándose tan
sólo los que gozan de dudosa reputación.»
Todos los esfuerzos de la burguesía liberal para entenderse
con Palacio eran fallidos. El incansable y camorrista Rodzianko
intentaba sacudir la modorra del zar con sus informes. Pero ¡todo
inútil! El zar pasaba por alto los argumentos, incluso
las insolencias, preparando en silencio la disolución de
la Duma. El gran duque Dimitri, antiguo favorito del zar y futuro
copartícipe en el asesinato de Rasputin, se lamentaba,
con su cómplice el príncipe Yusupov, de que el zar
demostraba cada día más indiferencia ante cuanto
le rodeaba. Dimitri se inclinaba a creer que le habían
dado al monarca algún brebaje para adormecerle. Por su
parte, el historiador liberal Miliukov escribe: «Corrían
rumores de que este estado de apatía mental y moral del
zar provenía del abuso del alcohol.» Invenciones todo
o exageraciones. El zar no tenía necesidad de recurrir
a narcóticos, pues llevaba en la sangre el «bebedizo»
fatal. Lo que ocurre es que sus efectos tenían que suscitar
por fuerza asombro en instante como aquellos en que la crisis
interna del país iba fraguando la revolución. Rasputin,
que era un buen sicólogo, solía decir lacónicamente
cuando hablaba del zar: «Le falta un tornillo.»
Aquel hombre apagado, impasible, «bien educado», era
un hombre cruel. Pero n con esa crueldad activa, proyectada sobre
fines históricos, de un Iván el Terrible o de un
Pedro el Grande -hombres con los que no tenía la menor
afinidad Nicolás II-, sino con la crueldad cobarde del
último vástago aterrorizado ante la tragedia fatídica
de su propio destino. Ya en los albores de su reinado, Nicolás
II tributó un elogio a los «bravos soldados»
por haber ametrallado a los obreros. Solía leer «con
placer» los informes en que la Dirección de policía
daba cuenta de haberse azotado a latigazos a las estudiantes de
«pelo corto» (2), o relataba los progromos judíos en
que se machacaba el cráneo a hombres indefensos. Aquel
monstruoso coronado sentíase atraído con toda el
alma por la hez de la sociedad, por aquellos matones de las «centurias
negras», y no sólo les pagaba espléndidamente
sus servicios de las arcas del Estado, sino que gustaba de conversar
afectuosamente con ellos, oyéndole relatar sus hazañas
y perdonándoles piadosamente cuando remataban a algún
diputado de la oposición. Witte, que subió al poder
en pleno período represivo de la primera revolución,
escribe en sus Memorias: «Cuando las noticias de las hazañas
insensatamente crueles perpetradas por los cabecillas de esas
bandas llegaban a oídos del zar, merecían indefectiblemente
su aprobación y encontraban en él defensa.»
Despachando una reclamación del general-gobernador de los
países bálticos pidiendo que se llamase la atención
de cierto capitán Richter, que «ha ejecutado por iniciativa
propia, sin previa formación de causa, a personas que no
habían opuesto resistencia alguna», el zar estampó
al margen del informe: «¡bravo muchacho!» Estímulos
de éstos nos los encontramos a montones. Aquel hombre «encantador»,
abúlico, sin aspiraciones, sin imaginación, era
más terrible que todos los tiranos de la historia antigua
y moderna.
El zar hallábase enormemente influido por la zarina, influencia
que fue creciendo con los años y las dificultades del gobierno.
Los dos juntos formaban una especie de todo orgánica. Esta
unión es una de tantas pruebas que patentizan hasta qué
punto, bajo la presión de las circunstancias, lo personal
encuentra complemento en lo colectivo. Pero digamos algo acerca
de la zarina.
Maurice Paleologue, embajador francés en Petrogrado durante
la guerra, un sicólogo muy agudo, sin duda, para los académicos
franceses y las porteras de su país, hace un retrato pulcro
y lamido de la última zarina: «La desazón moral,
la tristeza crónica, una melancolía ilimitada, un
tránsito constante de la exaltación al abatimiento,
sus ideas atormentadoras acerca del mundo invisible y ultraterrenal,
en superstición, ¿acaso todos estos rasgos, que de
un modo tan acusado se manifiestan en la personalidad de la zarina,
no son también los rasgos genuinos del pueblo ruso?»
Por muy extraño que parezca, en el fondo de esta dulzona
adulación se encierra un granito de verdad. No en vano
el satírico ruso Saltikov llamaba a los ministros y gobernadores
de la serie de los barones bálticos «alemanes con
alma rusa»; no cabe duda que precisamente estos extranjeros,
que no tenían la menor afinidad con el pueblo ruso, fueron
los que engendraron el tipo más depurado de administrador
ruso de «pura raza».
Pero, ¿por qué el pueblo sentía un odio tan
franco contra esta zarina, que, según Paleologue, encarnaba
de un modo tan completo su propia alma? La contestación
es harto sencilla: para justificar la nueva situación en
que se encontraba colocada, aquella alemana se asimilaba con fría
pasión todas las tradiciones e inspiraciones de la Edad
Media rusa, la más inteligente y la más ruda del
mundo, en una época en que el pueblo se debatía
desesperadamente por emanciparse de la propia barbarie medieval.
Aquella princesa de Hesse estaba literalmente poseída por
el demonio de la autocracia: exaltada desde su rincón provinciano
a las alturas del despotismo bizantino, no quería descender
por nada del mundo de su trono de autócrata. La Iglesia
ortodoxa le brindó la mística y la magia de que
necesitaba su nueva estrella. Y cuanto más al desnudo aparecía
la indignidad del viejo régimen, más firmemente
creía la zarina en su misión. Dotada de un carácter
fuerte y de capacidad para la exaltación seca y dura, la
zarina completaba al abúlico zar, dominándolo.
El 17 de marzo de 1916, un año antes de que estallara la
revolución, cuando el país mártir se revolcaba
ya atenazado por la derrota y la ruina, la zarina escribía
a su marido, al Cuartel general: «... No debes dar pruebas
de blandura, nombrar un gobierno responsable, etc.., hacer todo
lo que ellos quieren. Son tu guerra y tu
paz, tu honor y el de nuestra patria y no los de la Duma,
los que se ventilan. Ellos no tienen derecho a pronunciar ni una
palabra respecto a estas cuestiones.» Por lo menos, era un
programa rotundo y escueto, y por serlo, acababa siempre por imponerse
a las vacilaciones constantes del zar.
Cuando Nicolás II salió a ponerse al frente del
ejército como generalísimo ficticio, la zarina tomó
en sus manos, de hecho, las riendas del gobierno interior del
país: los ministros despachaban con ella, ni más
ni menos que si se tratara de una reina gobernadora. La zarina,
con su camarilla, conspiraba contra la Duma, contra los ministros,
contra los generales del estado mayor, contra todo el mundo, hasta
contra el propio zar. El 6 de diciembre de 1916, escribíale
al monarca: «... Puesto que ya has dicho que querías
retener a Protopopov, no dejes que se atreva (se refiere a Trépov,
el primer ministro) a pronunciarse contra ti, de un puñetazo
sobre la mesa, no hagas concesiones, demuestra que eres el amo,
cree a tu dura mujercita y cita a nuestro amigo, ten fe en nosotros.»
Tres días después vuelve a insistir: «Sabes
que la razón está de tu parte, mantén la
cabeza alta, ordena a Trépov que trabaje de acuerdo con
él..., da un puñetazo sobre la mesa.» Estas
frases parecen cosa de invención; pero no, no inventamos
nada, están tomadas al pie de la letra de cartas auténticas
de la zarina. Además, aunque se quisiera, la invención
no podría llegar a tanto.
El 13 de diciembre, la zarina escribe nuevamente al zar, volviendo
sobre sus sugestiones: «Todo menos el gobierno responsable
con el que sueña insensatamente todo el mundo. Esto está
todo más tranquilo y mejor; pero la gente quiere que sientes
el puño. ¡Qué sé yo cuánto tiempo
hace que oigo por todas partes lo mismo!; a Rusia le gusta sentir
el escozor del látigo, lo pide su cuerpo.»
Aquella princesa de Hesse convertida a la religión ortodoxa,
educada en Windsor y coronada con la tiara bizantina, no sólo
«encarna» el alma rusa, sino que la desprecia orgánicamente,
su cuerpo pide el látigo, escribía la zarina
rusa al zar ruso del pueblo de Rusia, dos meses y medio antes
de que la monarquía se sepultara para siempre en el abismo.
La zarina, superior a su marido en carácter, no lo era
en inteligencia, sino acaso inferior y más inclinada todavía
que él a buscar la sociedad de los simples de espíritu.
La íntima y jamás desmentida amistad que les unía
a ambos con la Wirubova, una dama de palacio, nos da la medida
del calibre espiritual de la pareja autocrática. La propia
Wirubova se calificaba a sí misma de tonta, sin que en
ello hubiese, por cierto, asomo de modestia. Witte, a quien no
se le puede negar el ojo certero, decía de ella que era
como «una señorita petersburguesa vulgar y necia,
y además fea, con una cara que parecía una burbuja
de manteca al derretirse». El zar y la zarina se pasaban
horas enteras charlando, consultando los negocios públicos
y manteniendo correspondencia con esta mujer, a la que cortejaban
servilmente, deshaciéndose en reverencias, los viejos dignatarios,
los embajadores y los financieros, y que, aunque tonta, tenía
el talento suficiente para no olvidarse de llenar el bolsillo
y tener más influencia en la vida política que la
Duma imperial y todos los ministros juntos.
Pero la Wirubova no era más que el «medium» del «Amigo», aquel «Amigo» cuya autoridad campeaba sobre los tres. «... Ésta es mi opinión personal -escribe la zarina al zar-, ya veremos lo que piensa nuestro «Amigo».» La opinión del «Amigo» no era ya personal, sino decisiva. «Me ratifico en lo dicho -repite la zarina unas cuantas semanas después-. Óyeme a mí, es decir, a nuestro «Amigo» y confía en nosotros para todo... Sufro por ti como si fueras un niño pequeñito y débil, que necesita que le guíen, pero que presta oído a malos consejeros, mientras el hombre enviado por Dios le dice lo que hay que hacer.»
«...Con las oraciones y la ayuda de nuestro «Amigo», todo se arreglará.»
«Si no le tuviéramos a él, ya haría
tiempo que todo habría terminado, estoy completamente persuadida
de ello.»
El, el Amigo, el enviado por Dios, era Grigori Rasputin.
Durante todo el reinado de Nicolás II y de Alejandra no
cesaron de desfilar por Palacio adivinos y epilépticos
traídos de todos los ámbitos de Rusia y hasta de
otros países. Había proveedores de la real casa
encargados especialmente de suministrar esa mercancía,
y que se congregaban en torno al oráculo de turno, rodeando
al monarca de una especie de Cámara alta todopoderosa.
Había de todo: viejas beatas con título de marquesas,
dignatarios que ambicionaban algún empleo y financieros
que tomaban en arriendo a gabinetes enteros. Los jerarcas de la
Iglesia ortodoxa, celosos de esta competencia intrusa ejercida
por hipnotizadores y adivinos sin patente oficial, se apresuraban
a abrirse caminos propios en aquel santuario central de la intriga.
Witte llamaba a esta pandilla gobernante, contra la que se estrelló
por dos veces, «la camarilla palaciega de los leprosos».
Cuanto más se aislaba la dinastía y más abandonado
se sentía el monarca, mayor era la necesidad que sentía
del auxilio del cielo. Hay tribus salvajes que para llamar al
buen tiempo hacen girar en el aire una tablilla atada al extremo
de un hilo. El zar y la zarina usaban estas tablillas para los
fines más diversos. El vagón del zar estaba literalmente
cubierto de imágenes y cuadritos de santos y de toda clase
de objetos de culto, con los que quiso hacerse frente, primero,
a la artillería japonesa y, luego, a la alemana.
El nivel de los medios palatinos no había variado gran
cosa, en realidad, de una en otra generación. Bajo Alejandro
II, llamado «el Emancipador», los grandes duques creían
sinceramente en los duendes y en las brujas. Bajo Alejandro III
seguía todo igual, aunque más en calma. La «camarilla
de leprosos» existió siempre. Lo único que
variaba era su composición y sus procedimientos. Nicolás
I no creó aquella atmósfera de medievalismo salvaje,
sino que la heredó de sus antepasados. Lo que ocurre es
que durante aquellos años el país se fue modificando,
los problemas se complicaron, se elevó el nivel de cultura
y la camarilla palaciega quedó rezagada. Si la monarquía,
bajo la presión del exterior, se veía obligada a
hacer concesiones a las nuevas fuerzas, interiormente no había
conseguido, ni mucho menos, modernizarse; al contrario, se encerraba
en sí misma, y el espíritu medieval se fue coagulando
bajo la acción de la hostilidad y del miedo, hasta convertirse
en una pesadilla repugnante que se cernía sobre el país.
El 1 de noviembre de 1905, en el momento más crítico
de la primera revolución, el zar escribe en su diario:
«He conocido a un santo llamado Grigori, de la provincia
de Tobolsk.» Era Rasputin, campesino siberiano, con un rasguño
rebelde a cerrarse en la cabeza, recuerdo de los golpes recibidos
en sus tiempos de cuatrero. Presentado en Palacio en el momento
propicio, el «santo» no tardó en encontrar auxiliares
de alto copete, o, por mejor decir, fueron ellos los que le encontraron
a él, y así se fue formando una nueva pandilla gobernante,
que se adueño enérgicamente de la voluntad de la
zarina y, por medio de ella, de la del zar.
En las altas esferas de la sociedad peterburguesa hablábase
ya sin recato, desde el invierno de 1913-1914, de que todos los
altos nombramientos, los contratos de suministros y concesiones
pasaban por la camarilla de Rasputin. El staretz iba convirtiéndose
poco a poco en una institución pública. La policía
le guardaba las espaldas celosamente, y los ministerios rivales
tenían las miradas fijas en él. Los agentes del
Departamento de policía llevaban un diario de su vida,
en que no faltaba un solo detalle; por ejemplo, que al visitar
Pokrovski, su pueblo natal, Rasputin, en estado de embriaguez,
se había liado a golpes con su padre en medio de la calle,
dejándolo ensangrentado. Aquel mismo día, 9 de septiembre
de 1915, Rasputin enviaba dos afectuosos telegramas, uno a Tsarskoie-Selo
a la zarina; otro al Cuartel general, para el zar.
Los agentes registraban día tras día, en un lenguaje
épico, las andanzas del «Amigo». «Hoy ha
vuelto a casa a las cinco de la mañana, completamente ebrio.»
«La noche del 25 al 26 la pasó en casa de Rasputin
la artista V.» Ha llegado con la princesa D (esposa de un
gentilhombre de cámara del palacio del zar) al hotel Astoria...»
Y a poco: «Ha vuelto a casa, procedente de Tsarskoie-Selo,
cerca de las once de la noche.» «Rasputin ha llegado
a casa con la princesa Ch, muy embriagado, y en seguida volvieron
a salir juntos.» Y al día siguiente, por la mañana
o por la tarde, el viaje a Tsarskoie-Selo. A la pregunta afectuosa
del policía de por qué el staretz está
hoy tan pensativo, contesta: «No sé qué hacer:
si convocar la Duma o no convocarla.» Otro asiento: «Llegó
a casa a las cinco de la mañana bastante embriagado.»
Siempre la misma melodía, durante meses y años,
una melodía en que no había más que tres
notas: «Bastante embriagado», «Muy embriagado»
y «Completamente embriagado». El general de la gendarmería,
Klobachev, reunía y refrendaba con su firma estas noticias,
tan trascendentes para la vida del Estado.
La influencia de Rasputin se mantuvo en su apogeo durante seis
años, los últimos de la monarquía. «Su
vida en Petersburgo -cuenta el príncipe Yusupov, copartícipe
hasta cierto punto de ella y, más tarde, asesino de Rasputin-
se había convertido en una fiesta continua, en la borrachera
inacabable de un presidiario a quien de pronto, inesperadamente,
se le viene la dicha a las manos.» «Tenía en
mi poder -escribe el presidente de la Duma, Rodzianko- una gran
cantidad de cartas escritas por madres cuyas hijas habían
sido deshonradas por aquel desvergonzado libertino.» El metropolita
de Petrogrado, Pitirim, y el arzobispo Varnava, casi analfabeto,
debían sus puestos a Rasputin. El procurador del Santo
Sínodo, Sabler, permaneció en el cargo durante largo
tiempo por voluntad del staretz, y él fue también
el que impulsó la destitución del primer ministro
Kokovtsvev, que no había querido recibirle. Rasputin nombró
a Sturmer presidente del Consejo de ministros; a Protopopov, ministro
de la Gobernación; a Raiev, nuevo procurador del Sínodo,
y así a muchos más. El embajador de la República
francesa, Paleologue, solicitó una entrevista con Rasputin.
Cuando estuvo delante de él le besó, exclamando:
Voilà un véritable illuminé!, todo
por ganar el corazón de la zarina para la causa de Francia.
El judío Simanovich, agente financiero del staretz,
fichado por la policía como jugador y usurero, hizo nombrar
ministro de Justicia, por mediación de Rasputin, a un sujeto
llamado Dobrolovski, que era, sencillamente, un ladrón.
«No dejes de ver la pequeña lista que te acompaño
-escribe la zarina al zar, hablándole de los nuevos nombramientos-.
Nuestro «Amigo» me pide que hables de todo esto con
Protopopov.» Dos días después: «Nuestro
«Amigo» dice que Sturmer puede seguir siendo presidente
del Consejo de Ministros durante algún tiempo.» Y
a poco: «Protopopov siente una verdadera veneración
por nuestro «Amigo», y el cielo le bendecirá.»
En uno de aquellos días en que los agentes de la policía
registraban cuidadosamente el número de botellas y de mujeres,
la zarina escribía, toda afligida, al zar: «Acusan
a Rasputin de besar a las mujeres y de otras cosas por el estilo.
Lee los Apóstoles y verás cómo besaban a
todo el mundo como saludo.» Seguramente que el argumento
de los Apóstoles no hubiera convencido a los agentes encargados
de vigilar al staretz. En otra carta, la zarina va todavía
más allá: «Durante la lectura del Evangelio
-escribe- he pensado mucho en nuestro «Amigo» al ver
cómo los escribas y fariseos perseguían a Cristo,
fingiendo ser unos hombres perfectos... ¡Qué verdad
es aquello de que nadie es profeta en su tierra!»
El comparar a Rasputin con Jesucristo era cosa corriente en aquellas
altas esferas, y no tenía nada de particular. El miedo
a las poderosas fuerzas de la historia, que amenazaban desencadenarse,
era demasiado grande para que los zares pudieran contentarse con
un Dios impersonal y con la sombra incorpórea del Cristo
de los Evangelios. Necesitaban un nuevo advenimiento del «hijo
del hombre». La monarquía, empujada al abismo, agonizante,
encontró un Cristo a su imagen y semejanza.
«Si Rasputin no hubiera existido -dijo un hombre del antiguo
régimen, el senador Tgantsev- no habría habido más
remedio que inventarlo.» En estas palabras hay mucha más
substancia de lo que e imaginaba su autor. Si por «golfería»
entendemos lo que hay de más antisocial y parasitario en
los senos de la sociedad, podremos decir, sin temor a equivocarnos,
que la «rasputinada» fue la golfería coronada,
en el apogeo de su esplendor.
(1) Alude siempre, en el plural, a él y a la zarina.
(2) Las militantes revolucionarias. [NDT.]
Capítulo 5. La idea de la revolución palaciega